Santiago, una ciudad que no logra recuperar su vida nocturna tras el estallido social y la pandemia, marcada hoy por el temor a la delincuencia amplificado por los medios, parece haber perdido también su capacidad de asombro cultural.
Anoche, en el Estadio Monumental, lejos de estallar en júbilo, el público chileno reaccionó con una indiferencia sorprendente ante la quinta visita de Paul McCartney, líder de The Beatles y figura crucial de la historia del pop. A sus 82 años, el británico ofreció un concierto de casi tres horas, pero la respuesta estuvo lejos del fervor que suelen provocar visitas más frecuentes de artistas como Fito Páez, Andrés Calamaro o Vicentico.
Podría culparse al frío de la noche primaveral, pero la verdad es más incómoda: la relación de Chile con los íconos fundacionales del rock sigue siendo, en el mejor de los casos, tibia.
El espectáculo de McCartney, impecable en su producción, desplegó todo lo esperable de una megaestrella: luces, fuegos de artificio, una banda sólida y un repertorio extenso.
El foco, sin duda, estuvo puesto en su legado beatle. McCartney priorizó su etapa con el cuarteto de Liverpool con 21 canciones, inclinándose hacia la segunda fase creativa del grupo.
La voz de McCartney, aunque marcada por los años, sigue siendo notable. Pese a todos los elementos del show —animaciones, recuerdos cinematográficos, lenguaje local, pirotecnia y un cierre apoteósico con Hey Jude, láseres y fuegos artificiales—, la conexión emocional con el público nunca alcanzó su clímax. El vitoreo fue respetuoso, pero no unánime. Las ovaciones fueron correctas, pero no inolvidables.
Curiosamente, fueron los sectores más económicos del estadio los que demostraron mayor entusiasmo, aunque sin contagiar al resto del recinto. Una parte del público incluso abandonó el lugar antes del bis final, que incluyó un homenaje a The Beatles bajo un cielo iluminado.
En suma, McCartney ofreció mucho más que un recital: brindó una clase magistral de historia viva del rock. Pero Santiago, una ciudad que parece haber olvidado cómo celebrar la música en su forma más legendaria, no supo estar a la altura.
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