Como papás, todos nos hacemos expectativas. Antes de que nazcan nuestros hijos, imaginamos cómo serán: cómo hablarán, cómo aprenderán, qué les gustará y qué harán cuando crezcan. Soñamos con su futuro incluso antes de conocerlos.
Pero, ¿qué pasa cuando la realidad no coincide con lo que habíamos imaginado?
El desafío de soltar nuestro propio modelo
Algo parecido pasó con Jesús. Los fariseos tenían sus propias ideas sobre cómo debía ser el Mesías. Se habían hecho una imagen de cómo debía llegar, cómo debía comportarse y qué debía hacer. Y cuando Jesús no encajó en ese modelo preestablecido, muchos no pudieron reconocerlo.
A veces, sin darnos cuenta, como padres podemos hacer algo parecido con nuestros hijos. No porque no los amemos, sino justamente porque los amamos y soñamos con ellos.
Podemos esperar que nuestro hijo hable, sea independiente, logre ciertas cosas, se comporte como los demás niños o siga el camino que alguna vez imaginamos para él. Y cuando aparece un diagnóstico de TEA (Trastorno del Espectro Autista), muchas de esas expectativas pueden romperse.
Entonces empieza un proceso de duelo: no necesariamente por el hijo que tenemos, sino por el futuro que habíamos imaginado.
Descubriendo el propósito divino en la neurodivergencia
Hay una verdad fundamental que puede cambiar nuestra forma de mirar las cosas: Dios nunca estuvo limitado por nuestras expectativas.
Como nos recuerda la Escritura en Jeremías 29:11:
«“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.”»
Quizás el problema no está en tener sueños para nuestros hijos, sino en pensar que nuestro sueño es necesariamente el sueño de Dios. Nuestros hijos no vinieron a cumplir nuestro modelo de éxito terrenal. Vinieron con una identidad, una historia y un propósito que Dios ya conocía de antemano.
Por eso, tal vez la pregunta correcta no sea: “¿Llegará mi hijo a ser lo que yo esperaba?”, sino más bien: “Señor, enséñame a descubrir lo que Tú preparaste para él.”
Una nueva forma de amar
Cuando dejamos de comparar a nuestros hijos con el niño que imaginamos en nuestra mente y empezamos a conocer al niño real que Dios puso delante de nosotros, ocurre algo hermoso: dejamos de perseguir un modelo y comenzamos a descubrir un propósito.
Y quizás ahí empieza una nueva forma de amar: amar sin imponerle a nuestro hijo el futuro que nosotros soñamos, para acompañarlo a descubrir el futuro que Dios le tiene preparado.
Un cerebro diferente no significa una vida sin propósito. Es una vida que también puede glorificar a Dios de una manera única y maravillosa.
Autoras: Ivana Avalos y Andrea Labra Servidoras de la Sala Neurodivergente de ICTUE Lampa. Instagram: @unttea_ictuelampa







