El estreno en Disney+ de The Beatles Anthology ha sido recibido como un acontecimiento largamente esperado por los seguidores de los Fab Four. No es para menos: la serie, producida originalmente en 1995 con la colaboración directa de Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, constituye el único documental oficialmente autorizado por la banda. Su llegada al streaming —tras décadas disponible solo en DVD— supone no solo una restauración técnica, sino también la incorporación de un inédito noveno episodio. Sin embargo, entre los fanáticos de mayor edad —particularmente de la Generación X hacia arriba— persiste la sensación de que Anthology ofrece un retrato valioso pero incompleto, eclipsando a otra obra clave: The Compleat Beatles (1982), un documental cuya circulación legal se ha vuelto casi imposible precisamente por la existencia de Anthology.
La historia de The Compleat Beatles es, en sí misma, un síntoma de cómo se construyen y disputan los relatos culturales. Concebido inicialmente como un corto de apenas diez minutos para acompañar un libro de dos volúmenes sobre la banda, su director Patrick Montgomery terminó elaborando un montaje preliminar de cuatro horas que condensaba la trayectoria completa del grupo. Stephanie Bennett, dueña de Delilah Communications, vio en ese material una oportunidad mayor y buscó financiamiento, que finalmente llegó desde MGM/UA, interesada en ampliar su catálogo de VHS. A diferencia de Anthology, el proyecto no contó con la participación de los Beatles: Montgomery intentó entrevistarlos, pero encontró puertas cerradas —John Lennon había muerto un año antes y el resto del grupo mantenía una actitud reticente—. Incluso Apple trató de frenar su lanzamiento, aunque sin éxito, gracias a los derechos musicales que Delilah poseía por el libro original.
Esa distancia institucional se transformó en una virtud documental. Muchos fans, incluido el propio Montgomery, coinciden en que la fuerza de The Compleat Beatles radica en su objetividad: un relato hecho por admiradores con acceso irrestricto a archivos, grabaciones y voces críticas, pero sin la necesidad de responder a la narrativa oficial de la banda. Al enfocarse en la música, sus procesos creativos y su impacto cultural, el filme evita el terreno del chisme y prioriza la comprensión histórica de un fenómeno artístico sin precedentes.
La ausencia de supervisión de Apple —y, por extensión, de McCartney, Harrison o Starr— permitió mostrar tensiones internas que en Anthology aparecen matizadas. El productor George Martin, figura central en el desarrollo sonoro del grupo, habla con franqueza sobre la “autoridad” de McCartney y las fricciones creativas de los últimos años. Montgomery lo sintetiza con claridad: “Si hubiéramos entrevistado a alguno de los Beatles, la película habría sido completamente diferente”. Su testimonio actúa como columna vertebral del documental, revelando el laboratorio creativo, el rigor musical y el impulso experimental que definieron a los Beatles. En ese contraste —entre la mirada autorizada y el relato independiente— persiste un debate fundamental: cómo se construye la memoria de una banda cuya historia sigue siendo, medio siglo después, objeto de disputa.
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