Pocos movimientos culturales han tenido hitos tan claros como la música disco. Aunque su origen y declive no pueden atribuirse a momentos únicos, hay dos episodios que marcaron su auge y caída: la publicación de un artículo en 1976 y el posterior Disco Demolition Day.
El 7 de junio de 1976, la revista New York publicó en su portada el reportaje titulado “Tribal Rites of the New Saturday Night”, escrito por el periodista británico Nik Cohn. El texto prometía retratar una nueva forma de vida: la cultura nocturna de los jóvenes trabajadores y su vínculo con las discotecas.
El artículo seguía a un supuesto joven de Brooklyn, describiendo sus rituales antes y durante una noche de sábado. La pieza combinaba crónica, literatura y observación social, en línea con el llamado Nuevo Periodismo. Su impacto fue inmediato y terminó inspirando la película “Saturday Night Fever”, protagonizada por John Travolta.
De reportaje a fenómeno global
La revista New York, fundada en 1968 por Clay Felker y Milton Glaser, buscaba competir con The New Yorker con un estilo más arriesgado y narrativo. Para ello reunió a figuras como Tom Wolfe, Jimmy Breslin y Gloria Steinem.
En ese contexto, Nik Cohn propuso su historia sobre la vida nocturna en las discotecas. Según su relato, visitó el club 2001 Odyssey en Brooklyn, donde observó dinámicas sociales, tensiones y aspiraciones de jóvenes que encontraban en la pista de baile una vía de escape.
El artículo llamó la atención del productor Robert Stigwood, quien adquirió rápidamente los derechos para llevar la historia al cine. El proyecto evolucionó hasta convertirse en “Saturday Night Fever”, dirigida finalmente por John Badham, tras la salida de John Avildsen.
El éxito fue rotundo. La película no solo convirtió a John Travolta en una estrella mundial, sino que también impulsó la música de los Bee Gees, cuya banda sonora vendió más de 30 millones de copias.
La revelación: “Mi historia fue un fraude”
Sin embargo, décadas después se reveló un dato clave que cambiaría la percepción de todo el fenómeno. En 2006, el propio Nik Cohn confesó: “Mi historia fue un fraude. Es ficción. Está basado en la observación y en la investigación de la cultura disco”.
El periodista admitió que el personaje central nunca existió. En realidad, se trataba de una construcción basada en distintas personas que había conocido, incluyendo a un joven de Derry, en Irlanda del Norte.
Aunque Cohn sí visitó discotecas y observó el ambiente real —incluyendo episodios de violencia a las afueras del club—, gran parte del relato fue inventado.
El escritor Peter Shapiro lo resumió así en su libro: “La historia era una mentira descarada”.
Un engaño que definió una era
Pese al engaño, el impacto cultural fue innegable. La película y su estética moldearon la moda, el lenguaje y el comportamiento de toda una generación. El personaje de Tony Manero, con su traje blanco y su icónico baile, se transformó en símbolo de los años 70.
El caso también dejó en evidencia los límites difusos entre periodismo y ficción en esa época, especialmente dentro del Nuevo Periodismo, donde el estilo narrativo muchas veces primaba sobre la verificación.
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